Los bosques: un bien que hay que proteger (por Mons. Fernando Chica)

Con motivo de la reciente celebración del Día Internacional de los Bosques, el pasado 21 de marzo, deseo volver a reflexionar sobre este tesoro inestimable que, siendo tan importante, a menudo lo hemos infravalorado. El tema asignado este año a dicha Jornada, Bosques: consumo y producción sostenibles, invitaba a considerar el valioso papel que desempeñan los bosques que, además de proporcionar alimentos seguros y refugio a cientos de especies vivas, son cruciales para mitigar el cambio climático, salvaguardar la biodiversidad, liberar oxígeno y absorber dióxido de carbono, y limitar la erosión del suelo y la desertificación. La protección de los bosques también está incluida en la Agenda 2030 de las Naciones Unidas, más concretamente en el objetivo 15 dedicado a proteger, restaurar y promover el uso sostenible del ecosistema terrestre. Los bosques son, por tanto, un precioso recurso para el desarrollo socioeconómico de las zonas rurales y un patrimonio común que hay que custodiar esmeradamente para beneficio de la historia de nuestras civilizaciones.

Según la Evaluación de los Recursos Forestales Mundiales (FRA 2020) de la FAO, nuestro planeta tiene una superficie forestal de más de 4.000 millones de hectáreas, lo que equivale a cerca del 31% de la superficie terrestre. Europa tiene el 25% de la superficie forestal mundial, seguida de Sudamérica, América del Norte y Central, África y Oceanía. El informe El estado de los bosques del mundo (SOFO 2020), publicado por la mencionada organización de la ONU, reveló que un gran porcentaje de la población mundial tiene al menos alguna interacción con los bosques y la biodiversidad que contienen. Los bosques procuran más de 86 millones de puestos de trabajo ecológicos, y de las personas que viven en la pobreza extrema, más del 90% dependen de los bosques para su seguridad alimentaria y sus medios de vida. Por lo tanto, es crucial invertir la nefasta tendencia a deforestar, que conlleva una aciaga pérdida de biodiversidad, mediante una gestión forestal cuidadosa y una mejor protección de los recursos naturales. Esto puede lograrse identificando vías y soluciones para superar los retos de la seguridad forestal y alimentaria. En este sentido, en Moldavia, el Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola (FIDA) apoya a las comunidades locales para que transformen las tierras degradadas en bosques mediante el desarrollo de cinturones forestales de protección, una técnica agroforestal que pretende reducir la erosión del suelo mediante plantaciones de árboles autóctonos que ayuden a las comunidades rurales a adaptarse a los efectos del cambio climático. Un cinturón forestal bien planificado contribuye a aumentar los ingresos rurales, a impulsar las economías locales y a ofrecer oportunidades de empleo decente a los jóvenes. Por otro lado, en Kenia, en la región de la cuenca del Alto Tana, donde la mayoría de la población de unos cinco millones de personas depende de la agricultura como principal fuente de ingresos, el FIDA ha creado un fondo para remunerar a las asociaciones rurales locales por las actividades de mejora de los servicios de los ecosistemas, la reforestación y la conservación de la biodiversidad que contribuyen a la seguridad alimentaria y al crecimiento económico. En colaboración con la diócesis local de Murang’a, el proyecto pretende formar a las personas que viven cerca de los bosques para que formen asociaciones forestales comunitarias voluntarias, de modo que sean reconocidas por el gobierno y puedan acceder al fondo por su servicio de protección del ecosistema.

Desde el inicio de su pontificado, el Papa Francisco ha mostrado una gran preocupación por la preservación de la Casa Común, invitándonos a revisar nuestra relación con el medio ambiente y a cuidarlo en aras del bien de las generaciones futuras. «No se trata solamente de encontrar los medios para preservar los recursos naturales sino de buscar soluciones integrales que consideren las interacciones de los sistemas naturales entre sí y con los sistemas sociales, porque no hay dos crisis separadas, una ambiental y otra social, sino una sola y compleja crisis socio-ambiental» (Francisco, Encuentro con las Autoridades, la Sociedad Civil y el Cuerpo Diplomático, Viaje Apostólico a Mozambique, Madagascar y Mauricio, 7 de septiembre de 2019).

Vivimos en un mundo sumamente interconectado y la pandemia nos lo ha revelado claramente. Nuestras acciones cotidianas tienen repercusiones globales y, como seres humanos, estamos estrechamente vinculados al medio ambiente a través de nuestros estilos de vida y decisiones económicas. Para abordar de manera responsable las raíces de esta crisis, es necesario un urgente cambio de rumbo, basado en la conciencia de que todo está íntimamente relacionado, así como una conversión espiritual que lleve a una conciencia renovada de la relación del ser humano consigo mismo, con los demás, con la sociedad, con la creación y con Dios. La deforestación incontrolada, la caza furtiva, los incendios a menudo intencionados y la pérdida de biodiversidad son las principales amenazas para los bosques. «Es cierto también que, para las poblaciones afectadas, muchas de estas actividades que dañan el medioambiente son las que provisoriamente aseguran su supervivencia. Es importante entonces crear empleos y actividades generadoras de ingresos, que preserven el medio ambiente y ayuden a las personas a salir de la pobreza. En otras palabras, no puede haber un planteamiento ecológico real y un trabajo concreto de salvaguardar el medio ambiente sin la integración de una justicia social que otorgue el derecho al destino común de los bienes de la tierra para las generaciones actuales, así como las futuras» (Ibidem). En consecuencia, es preciso identificar soluciones concretas de carácter institucional y operativo que puedan aplicarse con el fin de encontrar un nuevo equilibrio y promover una acción conjunta y eficaz para proteger y mejorar el patrimonio forestal mundial.

Además de ser indispensables para alcanzar los objetivos que la comunidad internacional se ha fijado para 2030, los bosques brindan provechosos beneficios para la vida de las personas y pueden cooperar significativamente a garantizar una producción y un consumo más sostenibles. En definitiva, no podremos resolver muchos de los retos globales que actualmente ha de encarar la humanidad, como la crisis climática y la pobreza, si no aprendemos a amar y cuidar los bosques, pulmones verdes de la Tierra.

Fernando Chica Arellano
Observador Permanente de la Santa Sede ante la FAO, el PMA y el FIDA

Fuente: Diócesis de Jaén