¿Primavera silenciosa? (por Mons. Fernando Chica)

Hace 60 años, en 1962, la bióloga estadounidense Rachel Carson publicó el libro Primavera silenciosa, que denunciaba los efectos de la contaminación química en el medio ambiente. Concretamente, se centraba en el impacto de los insecticidas, como el dicloro difenil tricloroetano (DDT), sobre las aves. La sugerente imagen del título alude a que las bulliciosas primaveras de los campos se estaban volviendo silenciosas; pasando de alegres a tristes, de vivaces a mortecinas. El libro supuso un fuerte aldabonazo para despertar la conciencia ecológica del gran público y, de hecho, se convirtió en un referente de la divulgación científica y de la sensibilización ambiental.

Desgraciadamente, la contaminación no es un problema del pasado. Por eso, la encíclica Laudato Si’ le dedica varios párrafos cuando señala lo que le está pasando a nuestro planeta: “Existen formas de contaminación que afectan cotidianamente a las personas. La exposición a los contaminantes atmosféricos produce un amplio espectro de efectos sobre la salud, especialmente de los más pobres, provocando millones de muertes prematuras” (LS 20). “La tierra, nuestra casa, parece convertirse cada vez más en un inmenso depósito de porquería” (LS 21). “Estos problemas están íntimamente ligados a la cultura del descarte, que afecta tanto a los seres humanos excluidos como a las cosas que rápidamente se convierten en basura” (LS 22).

Cuando hablamos de agentes contaminantes, conviene diferenciar las diversas sustancias a las que nos referimos, de acuerdo con el efecto que provocan. Simplificando mucho, podemos distinguir dos situaciones problemáticas. Primero, el calentamiento global, que se ve acelerado por los llamados gases de efecto invernadero generados por las actividades humanas; los más importantes son el dióxido de carbono (CO2), el metano (CH4) y el óxido nitroso (N2O). Un segundo grupo apunta a la contaminación atmosférica, resultado de la presencia en la atmósfera de sustancias perjudiciales para la salud de las personas, de los demás seres vivos y de los ecosistemas; aquí aparecen las partículas en suspensión, el dióxido de nitrógeno (NO2) y el ozono troposférico (O3) como los tres contaminantes más dañinos y peligrosos para la salud. Obviamente, el CO2 es el principal responsable del calentamiento global en la Tierra.

Centrándonos ahora en el calentamiento global y en los gases de efecto invernadero, este mes de abril de 2022 ha visto la luz la publicación del sexto informe de evaluación del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés). Más de 600 autores han contribuido a la redacción de este informe, que revisa nada menos que 18.000 publicaciones científicas. El texto alerta de la necesidad de modificar nuestros hábitos de producción y consumo y, en síntesis, su mensaje viene a ser: Nos encontramos en una encrucijada. Es ahora o nunca. Podemos lograr el objetivo de frenar y mitigar el cambio climático, pero solo si actuamos ya y lo hacemos de una manera vigorosa, incisiva y eficaz.

De los muchos datos que el informe aporta solo menciono uno, que se refiere a la desigualdad global en cuanto al peso de la contaminación. Así, el 10% de los hogares con ingresos altos contribuyen entre el 34 y el 45% de las emisiones totales de gases de efecto invernadero. Por su parte, el 50% de los hogares más pobres contribuyen con un 13-15%.

En general, las industrias son las principales fuentes de contaminación del mundo y, por tanto, sobre quienes recae también la mayor responsabilidad.

El mes de abril también nos brinda la ocasión de conmemorar el Día de la Madre Tierra, fijado por la Organización de Naciones Unidas para el 22 de este mes primaveral. Esta Jornada internacional que pone su atención en el cuidado de la Tierra es la primera que se celebra dentro del Decenio de la ONU para la Restauración de Ecosistemas. Sabemos que los ecosistemas sostienen todas las formas de vida de nuestro planeta. De la salud de nuestros ecosistemas depende directamente la salud de nuestro entorno y sus habitantes. Restaurar aquellos que están deteriorados ayudará a erradicar la pobreza, paliar el cambio climático y prevenir una extinción masiva. Pero lo conseguiremos únicamente si nadie declina su responsabilidad y todo el mundo aporta su contribución. En este año 2022, además, este Día internacional cae dentro de la Octava de Pascua, fiesta central de nuestro calendario cristiano. Desde la experiencia del Resucitado, descubrimos que “el universo se desarrolla en Dios, que lo llena todo. Entonces hay mística en una hoja, en un camino, en el rocío, en el rostro del pobre” (Laudato Si’, n. 233). A continuación, el papa Francisco cita en su encíclica el Cántico espiritual de san Juan de la Cruz: “Los valles solitarios son quietos, amenos, frescos, umbrosos, de dulces aguas llenos, y en la variedad de sus arboledas y en el suave canto de aves hacen gran recreación y deleite al sentido, dan refrigerio y descanso en su soledad y silencio. Estos valles es mi Amado para mí” (Laudato Si’, n. 234). Dicho de otro modo, para la experiencia espiritual cristiana, la primavera no es silenciosa, sino que está habitada por Dios, por su Bondad y su Belleza.

Regresando así a la obra de Rachel Carson, que hemos tomado como título de estos párrafos, tenemos la responsabilidad de evitar que nuestras primaveras se vuelvan silenciosas. Las nuestras, en el interior de cada uno de nosotros. Las nuestras, en las relaciones sociales que establecemos y cuidamos. Las nuestras, en el conjunto de nuestra casa común. Por ello, podemos terminar acudiendo a la última encíclica del Santo Padre cuando indica que “los cristianos no podemos esconder que, si la música del Evangelio deja de vibrar en nuestras entrañas, habremos perdido la alegría que brota de la compasión, la ternura que nace de la confianza, la capacidad de reconciliación que encuentra su fuente en sabernos siempre perdonados‒enviados. Si la música del Evangelio deja de sonar en nuestras casas, en nuestras plazas, en los trabajos, en la política y en la economía, habremos apagado la melodía que nos desafiaba a luchar por la dignidad de todo hombre y mujer” (Fratelli Tutti, n. 277). Pero si asumimos la llamada de Nuestro Señor Jesucristo, Vencedor de la muerte, a una profunda conversión integral y ecológica, contribuiremos a que nuestras primaveras no sean silenciosas sino repletas de música, de notas armónicas que inviten a componer con nuestras vidas cantos de fraterna caridad.

Fernando Chica Arellano
Observador Permanente de la Santa Sede ante la FAO, el FIDA y el PMA

Fuente: Diócesis de Jaén